ANTES DEL 8 DE MAYO
Para Luisa Bohórquez luego de una conversación.
Llegué ese día de mayo, el mismo día de la virgen. El aire estaba espeso y especulaba soledad. Puse la maleta en el mismo sitio de donde la había cogido meses atrás. Busqué entre la correspondencia algo que me hiciera pensar que alguien se acordaba de mí, pero sólo estaban las facturas vencidas y una que otra promoción vieja de un supermercado inaugurado recientemente. Prendí el contestador telefónico para saber si alguien había llamado… me pareció que ni siquiera se habían equivocado de número en todo este tiempo. En ese momento descubrí que lo único que había pasado en este rincón era que los cuadros se habían llenado del polvo necesario.
Pensé que me iba a morir de tedio y que el abandono se encargaría de hacerme reprochar por haber regresado, pero no fue así: me solté en carcajadas cuando miré el reloj que no había avanzado ni un segundo desde la última vez que lo miré poco antes de salir para el aeropuerto… Entendí que sin mí, el rincón no era nadie, no era nada, no era ni siquiera tiempo: el polvo en los cuadros no era mío ni de mis fantasmas: sin mí, mi vida seguía inmóvil.
Tome el teléfono y lo mantuve entre las manos hasta que logré recordar el número telefónico de María Fernanda, lo marqué sin miedo, lo marqué con la certeza de que el tiempo no había transcurrido, tampoco, para ella.
—¿María Fernanda?
María Fernanda profirió un quejido de pavor y sorpresa. En un sólo segundo supo que era yo al otro lado de la línea y toda su vida junto a mí pasó por su cabeza.
—Si estás con alguien puedo volver a llamar algún otro día…
—¿En otros cuatro años?
—No lo sé, ni siquiera sé para qué llamé… de pronto pensé que tendría algo por decir, pero parece que no.
Sabía que ella al otro lado olería al perfume que a mí tanto me gustaba y que sus besos sabrían a mostaza como siempre. Eso me daba la seguridad de poder entrar en su piel, de nuevo, sin preguntas. Recordé el día que la conocí, ella pidió un café en leche. Le dije que si traía más leche que café nunca sabría a qué sabía el café y que si traía mucho más café que leche no sabría a qué sabía la leche. Sólo sonrió y no preguntó lo que todas… no tuve que dar mi previsible respuesta y supe que ella era la mujer de mi vida, pero también supe que algún día yo partiría.
—Si tú tampoco tienes nada que decir mejor cuelgo y hablamos cualquier otro día.
—No, David, no podría resistir más tiempo sin saber de ti…
—¿Y qué te dice que ahora vas a saber algo de mí?
—Te conozco, te conozco mejor que nadie…
—Aunque el tiempo no haya pasado, seguramente he cambiado… nada te garantiza que siga siendo el mismo; podría haber llegado después de planear una felonía e irme definitivamente.
—Igual te iras, nunca definitivamente, pero volverás a partir sin saber por cuanto tiempo: sigues siendo el mismo, David, temes que te dañen, pero no temes hacer tanto daño.
Recordé que el día que decidí partir; sospechaba que María Fernanda me traicionaba, por fuera aparentaba que no me importaba, pero mi alma no estaba preparada más que para verla conmigo… seguro tenía razón de nuevo; razón como siempre, pero incluso esa vez, yo no lo aceptaría. Definitivamente nada cambiaba y el reloj seguía en la misma hora de ese día de hacía cuatro años, diez o quince minutos más adelante desde la última vez que lo había mirado… para el reloj sólo habían pasado máximo quince minutos desde que yo había decidido dejarla como supe que lo haría desde el día que me sonrió después de pedir su maldito café con leche.
—Igual yo no llamé para que me recrimines, sólo quería saber si estás con alguien.
—¿Tú que crees, David? Estoy hecha de carne, pero mi vida hace cuatro años se fue contigo… Pero para ti el maldito tiempo no existe desde que te empecinaste en conservar ese endemoniado reloj.
—Si fuera tuyo habrías hecho lo mismo… nadie sería tan estúpido para destruirlo sin más ni menos.
—Si no mintiera, te diría que no me conoces, pero yo sé que tu sabes… prácticamente… todo de mí, David.
—Pero sólo me interesa saber si estás con alguien.
—A parte de con tu hijo, David, con el único estúpido que criaría un hijo tuyo esperando que algún día yo lo deseara como te deseo a ti.
—¿Está ahí?
—No, David, a él lo carcome el tiempo en la oficina para poder darle a tu hijo todo lo que tú no le vas a dar nunca.
—Yo sólo quería saber si estabas con alguien… creo por esta vez es más que suficiente.
Colgué y miré el reloj nuevamente, en mi vida tan sólo habían pasado veinte minutos, volví a reír desenfrenadamente antes de tomar la maleta del mismo lugar donde la había dejado tan sólo un poco tiempo atrás la primera vez. Volví a partir, esa vez sin saber para adónde, en donde había estado no había dejado nada para querer regresar. Algún día regresaré a ese rincón para comprobar que lo único que pasa en ese cuarto es que los cuadros se llenan del polvo necesario para demostrarme que la vida de los demás transcurre así yo ya no exista y para robarle otros veinte minutos no necesarios a mi vida.